ENTITY : Mensajes del más allá

A la puerta de la casa rural, tras recorrer un camino de tierra de algo más de dos kilómetros, al que precedían unos doscientos más de carretera tortuosa y llena de desvíos,  Marga, su marido Pedro, y tres parejas de amigos más se afanaban en descargar una cantidad ingente de equipaje innecesario de los dos todoterrenos  en los que habían llegado.

Risas, voces, bromas, excitación…

La mayoría de ellos andaba sobre la cuarentena pero en aquel momento más parecían un grupo de agitados adolescentes que cualquier otra cosa, tal era el bullicio y alboroto que formaban.

Los anaranjados ojos de un solitario cuervo posado en un poste de la luz cercano contemplaban con interés la escena.

Todos vivían en Madrid. Era viernes por la tarde y habían alquilado una casita rural para pasar el fin de semana en una aldea remota de la serranía de Cuenca, tan perdida y desconocida  que ni siquiera tenía entidad como para aparecer en los mapas.

 Cualquiera podría haber pensado que era un pueblo abandonado de los muchos que salpican la geografía española.

 La casa se hallaba situada a las afueras,  al final de una calle que acababa en el camino del bosque, aislada del propio núcleo urbano.

 Buscaban tranquilidad y de seguro que habían acertado con el sitio. No se veía ni un alma en muchos metros a la redonda. En realidad no se veía a nadie, ni siquiera en la aldea que acababan de cruzar.

Habían sabido de la existencia de aquella joya por el comentario de un primo lejano de Pedro al que su mujer apodaba sarcásticamente “El siniestro” por su extremada afición a los temas ocultos, prácticamente por casualidad, ya que la vivienda no aparecía en guía turística alguna ni siquiera a nivel provincial.

Pero a la vista de aquel paraje natural, singularmente bello e  incomprensiblemente virgen de excursionistas,  el fin de semana prometía.

A pesar de todo nadie pareció darle importancia a la no presencia de personas en toda la zona, más aún encontrándose en un radio relativamente cercano a la ciudad de Madrid. Bien es sabido que los turistas de fin de semana de Madrid suelen colonizar y masificar cualquier punto del mapa que no esté más lejano de doscientos kilómetros de la capital.

La casa estaba construida en piedra caliza, abundante en la región. Era difícil adivinar los años que llevaba en pie, pero a simple vista se veía que era bastante vieja. Estaba cubierta con tejas antiguas completamente ennegrecidas por el moho y salpicadas de musgo y algún que otro hierbajo.

Contaba con un pequeño  porche a la entrada sobriamente  amueblado con  una mesa grande de resina, ocho sillas y un sillón columpio un tanto destartalado. Todo estaba muy limpio, lo cual daba a entender que algún ser vivo había estado por allí en las horas anteriores.

 Desde el mismo se accedía a la vivienda a través de una puerta de madera gruesa, desvencijada y agrietada por el paso inexorable de los años y partida en dos mitades como se utilizaban en muchos pueblos antiguamente para facilitar o impedir el paso de los animales hacia las cuadras que solían situarse en los patios, al fondo de la vivienda.

En la mitad superior tenía una pesada aldaba de hierro y en la mitad inferior una gatera cegada con una chapa para que no entraran los gatos. Aunque no daba la sensación siquiera de que hubiera gatos por  allí.

 La distribución era bastante sencilla, un largo  y bien encalado pasillo desde la entrada, franqueado por algunas habitaciones, que acababa en un salón espacioso al fondo, con una puerta que daba a un patio donde se alineaba  una fila de conejeras vacías, una pequeña cuadra con su pesebre también vacío y un par de zahúrdas, todo lleno de trastos viejos, vestigios inservibles de la larga historia de aquella vivienda.

Adosados a una de las paredes del patio, la que lo separaba del salón se había añadido una cocina y un cuarto de baño, con los que la casa no contaba cuando se construyó. La obra desentonaba con el estilo del resto de la casa porque estaba hecha con ladrillo y cemento. Pero, en su día, allá por los años 70 había resultado ser un gran avance doméstico.

 El salón tenía una ventana y una puerta que daban al patio por donde no recibía demasiada luz. En el centro se alzaba una chimenea grande, con una cadena que colgaba desde arriba y que acababa en un gancho de hierro, únicos vestigios de horas y horas de pucheros cociendo en la lumbre.

Una alacena sencilla, de estilo castellano, presidía uno de los fondos de aquel comedor. Todo el menaje de la casa se guardaba en ella.

Para completar el mobiliario en el centro había una gran y robusta mesa de madera maciza muy larga y estrecha y, rodeándola diez sillas, también de madera.

El mobiliario era algo escaso y tosco, acorde con el entorno, pero cumplía de sobras con las expectativas que el grupo se había planteado.

Desde un rincón del amplio salón una vieja escalera de madera agujereada por la carcoma, con una oscilante barandilla también de madera conducía al piso de arriba, antiguo colmado transformado en más habitaciones separadas por otro pasillo central.

La idea era pasar un fin de semana desintoxicándose del estrés de la ciudad y de sus trabajos, estar en contacto con la naturaleza, y dedicarlo a hacer senderismo por la zona, que tenía muchos y bellos parajes que visitar. Así que, nada más repartirse  las habitaciones, decidieron no esperar más tiempo y aprovechar el resto de la tarde para hacer la primera excursión.

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8 respuestas a ENTITY : Mensajes del más allá

  1. ¿Has cogido afición a separar las historias por capítulos?

  2. Lo sé y lo entiendo, pero mi parte devora letras es una quejica. Dicúlpala.

  3. srajumbo dijo:

    Ya me has enganchado… menos mal que has puesto cuenca, podría pensar que estaban en mi casa jeje, y como empiecen a pasar cosas raras,me cago literalmente.

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