LA TORMENTA

Tarde de verano. Hace calor, y mucho. Pero hoy atiza de una forma especial. No se mueve ni una brizna de aire. Cuesta trabajo hasta respirar este bochorno que paraliza cualquier actividad. Ni siquiera los pájaros tienen ánimos para cantar. Todas las tareas cotidianas se desarrollan bajo un pesado aplatanamiento que nos ralentiza el ritmo vital.

Gotas de sudor nos caen constantemente por las sienes. Agobio es la palabra que más se escucha en boca de los pocos que se han aventurado a salir a la calle. El implacable sol quema, araña, muerde, como si fuera un animal rabioso.

En el horizonte hay nubes oscuras, pero están tan lejos…

Sin embargo en cuestión de minutos, los lejanos nubarrones se nos han acercado impunemente. Se levanta un airecillo que alivia un tanto el sofoco reinante y se agradece.

Las nubes tardan poco en encimarnos. Poco a poco van cubriendo el sol y la tarde se ensombrece extraordinariamente. Un flash ilumina el monte cercano coloreando los árboles de una tonalidad irreal y un tanto fantasmagórica. Transcurren unos segundos y se escucha una tremenda explosión que llega a encoger el alma. Es el trueno que inevitablemente acompaña al relámpago.

De repente se levantan ráfagas de viento intenso que comban las copas de los árboles cuando el cielo las suelta. La tarde se oscurece más si cabe y un negro, muy negro nublado nos tiene totalmente sitiados.

Un sentimiento de desprotección nos embarga haciéndonos sentir pequeños ante tal explosión y despliegue de elementos. El aire sopla ahora de continuo y se escuchan aquí y allá crujidos de ramas que no han podido resistir el envite.

Suena una sirena. Deben de ser los bomberos en una de sus primeras intervenciones de la tarde. Le seguirán muchas otras.

De entre dos montes baja siniestra y pletórica la tormenta como si hubiera sido lanzada por la temible ira de los dioses en una celestial partida de bolos. Aún no nos ha alcanzado pero negros presagios se ciernen sobre nuestras cabezas.

Una gruesa gota de agua levanta una pequeña nube de polvo en el reseco suelo. En un minuto la lluvia comienza a caer con fuerza inusitada y las gotas lo que producen son burbujas sobre el asfalto de la calle que comienza a encharcarse. Las fuerzas de la naturaleza, imponentes, se desatan en cuestión de momentos.

Miles de relámpagos atacan ahora la tierra y tras escasos segundos, la tormenta está encima, se escuchan una serie de espantosos bramidos, a cual más salvaje. El cielo se ha abierto definitivamente, como decían los antiguos, a quienes es ahora fácil imaginar encomendándose a Santa Bárbara bendita para que les proteja de esta. Secretamente hacemos lo mismo impresionados por tal grandiosidad.

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7 respuestas a LA TORMENTA

  1. Reconozco que me encantan las tormentas de agosto, el olor a verano y a la tierra mojada. Besos Candi 🙂

  2. La lluvia de otoño o de invierno no me gusta nada, me entristece, pero las tormentas de verano me encantan. Son un pequeño paréntesis en tu actividad cotidiana, pasan rápido y siempre son puro espectáculo.

  3. Mara dijo:

    Depende de la tormenta de verano, aunque reconozco que me encantan todas sus formas y temperamentos. Como dice Sensi, son un pequeño paréntesis, pero también una oportunidad para disfrutar de otra forma de esta temporada.

  4. No existe nada mejor que después de un día de calor extremo ver como se vuelve todo negro y comienza a llover y a tronar….

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