JUAN EULOGIO Y FAMILIA EN LA ALBUFERA DE VALENCIA.

Juan Eulogio y familia, a saber, Paquita, su contraria, Elyónatan, el primogénito de sus vástagos y candidato a delincuente juvenil y Layésica, su repipi princesita y futura choni de barrio tal y como se va desarrollando su niñez, están pasando unos días de vacaciones en Valencia, la tierra de las flores, de la luz y del amor… y de las paellas para chuparse los dedos ¡Porque ellos lo valen!

Muchas familias responsables se ven obligadas a viajar con su mascota, perro, gato, cobra… La familia de Juan Eulogio, en su lugar, suele viajar con la señá Virtudes, su suegra o madre política, bastante más agresiva que un Pittbull, más voraz que una piraña y menos querida (Por Juan Eulogio) que una patada en el DVD (Aparato reproductor).

La señá Virtudes, la cucaracha (en boca de Juan Eulogio), que está bastante entrada en años… y en kilos, es viuda desde hace ya unos cuantos y Paquita, su hija, tiene la puta costumbre (siempre parafraseando a Juan Eulogio) de invitarla a todos los saraos en los que se animan a participar.  El pobre hombre, huevón aficionado a punto de pasar a profesional, al final acaba comulgando con esta amarga y oronda rueda de molino. De nada le sirve protestar, quejarse o invocar a los dioses y a los delmoños. Siempre le cuelan a la cucaracha por el artículo treinta y tres.

No, no hay feeling entre ellos y el sentimiento es mutuo. La cucaracha, por su parte, hubiera preferido otro candidato más saleroso para el casorio de su Paquita, pero ¡Las cosas del amor! el truhán encandiló a la muy pánfila y es algo que ahora tiene difícil remedio. Que no quié icir que no lo tenga, pero es, cuanto menos, farragoso.

Once again, que dirían los hijos de la Gran… Bretaña, hete aquí que la cucaracha les acompaña cual picores a las ladillas.

Juan Eulogio se está convirtiendo en un experto en ignorar los estímulos de la vida. Las clases que dio de yoga hace un par de años de algo le han servido, y es capaz de abstraerse de todo aquel escenario donde se encuentre su “querida” suegra. Sabia que es la naturaleza.

Están parando en un hostal próximo a la playa de la Malvarosa, pero hoy, que es domingo, han decidido seguir la tradición valenciana de acercarse a El Palmar, en plena Albufera, para comerse una auténtica paella de la tierra.

Con lo que Juan Eulogio no ha contado ha sido con que esta es una costumbre típicamente valenciana que hace que la carretera del Palmar se atasque hasta límites inverosímiles.  Bordeando el famoso lago donde el Tío Paloma de Blasco Ibáñez se obstinaba en perchar y pescar llegando a renegar de su hijo, Juan Eulogio y familia tienen tiempo entre parada y parada de admirar, si es que en esas condiciones se puede admirar, la preciosa laguna.

Dos horas  han tardado en hacer los aproximadamente 20 kilómetros que hay de trayecto y otras tres en encontrar mesa porque no han tenido la precaución ¡Qué coño iban a imaginarse ellos! De hacer una simple reserva en alguno de los muchísimos restaurantes que hay en la pedanía.

Total, que son las cuatro de la tarde y están empezando a comer. Juan Eulogio comienza a murmurar, pero solo el tiempo justo que ha tardado en llevarse a la boca el primer bocado de tan exquisito plato y transportarse a un universo superior de sabores y texturas.

¡Al final va a merecer la pena haber sufrido el atasco y la espera en el restaurante!

Solo ha habido un pero en tan deliciosa comida, y es que la cucaracha la ha disfrutado más que nadie. La muy ansiosa ¡Se ha comido tres platos hasta arriba! pero, en fin, el mundo no es perfecto y Juan Eulogio lo asume como una contrapartida lógica a su propio disfrute, intentando anestesiarse a base de jarritas de sangría para acompañar. Hasta los niños se han comido el plato sin protestar, como es su costumbre, la de protestar claro, porque son dos comistrajos terribles. Y no digamos Paquita, que ha saboreado con lágrimas en los ojos tan delicioso manjar. Bien es verdad que no se sabe qué le ha hecho más ilusión, si la calidad del plato o que no ha tenido que cocinar este día.

Tras los cafés de la sobremesa han decidido dar un paseo por el pequeño pueblo y sus alrededores, para favorecer en la medida de lo posible la digestión haciendo un poco de turismo. Han observado que hay cantidad de pequeños embarcaderos donde se ofrece un bucólico paseo en barca por la Albufera por la módica cantidad de cuatro euros y, por supuesto, se han apuntado a la excursión.

El barquero, cuando ha visto las dimensiones de la cucaracha, con los ojos abiertos como platos, ha intentado cobrarles dos billetes por ella, argumentando mil y una excusas: Que la barca está vieja…  que el motor va a sufrir un desgaste extra… que va a consumir el doble de gasolina que en un viaje normal… Que corren peligro de zozobrar…

Pero Juan Eulogio se ha enrocado y le ha dicho que nones, que o le cobran un tiquet individual o se van todos a otro embarcadero. El barquero ha accedido a regañadientes y se han ido subiendo todos a la barca. Cuando le ha llegado el turno a la “señá” Virtudes todo el pasaje ha tenido que moverse hacia la proa para compensar los pesos y que el pequeño barquito no escorara. Aún así este se ha empinado peligrosamente por la proa. Una vez estabilizados los pesos, con el agua casi llegando a la borda (Arquímedes era un tío bastante listo) el barquero ha puesto en marcha el motor, que renqueando ha impulsado a la embarcación  hasta que ha conseguido separarse poco a poco de la orilla. El barquero se ha santiguado varias veces antes de partir y ha dicho algo así como “Que sea lo que Dios quiera”… A su favor tiene que sabe que la profundidad máxima del lago no es de más de metro y medio y en caso de zozobrar podrían todos llegar andando hasta el embarcadero. ¡Lo que tienen que hacer los curritos para subsistir!

Tras diez minutos en los que todo el pasaje anda en tensión temiendo el hundimiento, el barquero ha dado gas a su Yamaha, que en cada explosión emite una sonora queja metálica, y se han adentrado en los canales que en otros tiempos surcaran los pescadores de la anguila.

El viaje dura cuarenta minutos, entre juncos, carrizos, pequeñas islitas y canales naturales, a no muchos metros de la orilla. Todos comienzan a disfrutar del paisaje, de la puesta de sol y de las numerosas aves que se pueden divisar en cualquier rincón del lago.

Pero a los veinte de trayecto, Juan Eulogio, que no ha perdido ripio de su suegra, ha dado un codazo a Paquita señalándosela. La cucaracha ha comenzado a dar arcadas leves, consecuencia de ingesta salvaje de los tres platos de arroz y el suave balanceo de la embarcación. Estas no han disminuido sino al contrario, cada vez han sido más violentas ante la mirada preocupada del barquero que está viendo venir el desenlace de tan estrambótico contoneo de su pasajera VIP (Porque lleva media barca solo para ella, no por su clase y finura).

La cucaracha ya no ha podido más y con el rostro congestionado ha vomitado salvajemente dentro de la barca. Ha salpicado los pies del resto del pasaje, que como si hubieran previsto tal disfrute, calzan todos chanclas del Carreful y similares. Vamos que están con los pies al aire. Paquita, aun a riesgo de hundir la embarcación se ha levantado para atender a su madre y la ha ayudado a darse la vuelta para que el resto de la vomitona vaya por encima de la borda a convertirse en alimento de las anguilas y demás peces del lago. Pero claro voltear a semejante manatí en un medio tan inestable entraña un riesgo serio de hundimiento, que solo la mano experta del barquero ha conseguido evitar en el último segundo.

Ahora la cucaracha, sintiendo la presión en su estómago de las tablas de la barca ha dado lo mejor de sí en otra espléndida, larga  y ácida vomitona.

Juan Eulogio no puede evitar pensar que la puñetera cucaracha ha vuelto a fastidiarles el día, como siempre y que con mucho gusto, ahora que se encuentra prácticamente en equilibrio sobre la borda, la levantaría de los pies y la arrojaría al agua sin consideración.

Pero lo único que es capaz de hacer Juan Eulogio, un tanto mareado por el efecto de la sangría y contagiado por el asco que le transmite aquella mujer vomitando, ha sido dar el a su vez tres o cuatro arcadas con burbujeo. Se ha puesto en pie, sin saber exactamente qué hacer para intentar vomitar fuera de la embarcación ante los desesperados aspavientos del barquero intentando hacerle entender que navegan en precario y que cualquier movimiento, por pequeño que este sea va a dar con el barco en el fondo del lago.

Juan Eulogio ya ni ve, ni conoce. Ha resbalado con la abundante pota que llena el fondo del barco. Ha perdido entonces el equilibrio y la cabeza se le ha ido hacia babor mientras el resto del cuerpo  se ha quedado en estribor. Este balanceo ha sido la gota que ha colmado el vaso y ha dado al traste con la precaria estabilidad de la embarcación. Juan Eulogio ha ido al agua tras darse un cabezazo contra la borda. La barca ha comenzado a balancearse en todos los sentidos, como si se hubiera visto envuelta en una tormenta tropical. Ha cundido el pánico en el pequeño Titanic, pero la cucaracha, intentando conservar el equilibrio, se ha aferrado a la borda como si no hubiera mañana y se ha echado hacia atrás sacando el cuerpo como si fuera un participante de una regata de vela. La carga humana, situada al otro lado no ha podido soportar el meneo y han ido cayendo todos al lago, incluida Paquita y el mosqueado barquero. Finalmente la barca se ha estabilizado y ¿Quién ha sido la única que no ha caído al agua? Efectivamente, ha sido la cucaracha, la causante de semejante desaguisado. Allí se encuentra con la popa a medio hundir, mojándose su enorme culo, y la proa apuntando al cielo, de donde Juan Eulogio espera que caigan rayos y centellas y la fulminen sin misericordia. Por hija de puta.

Juan Eulogio, con el agua al pecho una brecha en el entrecejo y las piernas comidas de sanguijuelas maldice con su familiar letanía:

¡Mierda de paella! ¡Mierda de Albufera! ¡Mierda… de vida!

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