JUAN EULOGIO Y FAMILIA: LA SIERRA DE MADRID

Juan Eulogio hacía muchas lunas que no iba por la sierra. Vive en Madrid y la tiene relativamente cerca, pero siempre le ha dado mucha pereza ir. Es de natural algo perro.

Su médico le ha dicho que tiene sobrepeso y el colesterol alto y le ha recomendado que haga  ejercicio.

Por eso ha decidido salir a caminar los fines de semana. No le gusta hacerlo en la ciudad. El Retiro le aburre y los mimos le dan cierta grima, amén de que ya ha tenido alguna que otra mala experiencia con los amigos de lo ajeno.

Así que  ha decidido ir a pasar el día a Navacerrada. Tiene ganas de volver a pisar la nieve como hacía cuando era más joven.

El único problema es que en esta ocasión se han apuntado a la excursión Paqui, la parienta y sus niños, Layoli y Elyónatan. Bueno, bien mirado… ¡Podrá soportarlo!  Incluso podría haber sido un gran día disfrutando en familia de la nieve.

Pero claro, ¿Cómo iba a ser eso? Con lo que no puede, de ninguna manera, es con que Paquita haya invitado otra vez a la cucaracha, su odiada suegra. ¡Manda huevos! ¿Pero qué coño pinta esa mujer en medio de la nieve? ¡Si es inestable hasta cuando pisa el parquet de casa! Todavía no se han bajado del coche y Juan Eulogio está bastante quemado con tan siniestra compañía.

Por fin la carretera comienza a empinarse. La estación de esquí está ya solo a 5 kilómetros, unos metros antes de coronar el puerto. Pero hay mucho tráfico. El día invita a la peregrinación masiva de madrileños.

Juan Eulogio lleva ya más de dos horas subiendo y bajando el puerto por todas sus vertientes intentando encontrar un sitio donde aparcar, aunque sea para poder comerse la tortilla que traen de pie, frente al maletero del coche, pero no ha madrugado lo suficiente. Bueno, sí. Sí que se han pegado el madrugón para ser honestos. La que ha venido dos horas más tarde de lo que le dijo Paquita ha sido su madre, la Cucaracha. Juan Eulogio reza en voz baja.

Paquita la justifica diciendo que desde que enviudó se encuentra muy sola y que le vendrá bien que le dé un poco el aire. Juan Eulogio está hasta los cojones de escuchar la misma cantinela. Pero traga. No sabe por qué, pero traga.

Juan Eulogio, al que ya se le están hinchando los cataplines de dar infructuosas vueltas en el coche, por fin ve cómo un vehículo sale de uno de los parkings que hay en la carretera que baja hasta Rascafría y allá que se lanza embalado con su vehículo para que no le quiten el sitio. Sin embargo, por el otro lado, otro conductor desesperado ha tenido la misma idea. ¡Mierda! Acelera un poco más. El otro hace lo mismo. Cual caballeros en una justa medieval, ambos coches están llegando a la entrada del parking a una velocidad imprudente. Por fin, el conductor del otro vehículo, un BMW con una gran cantidad de ganado equino en el motor llega justo un segundo antes que el coche de Juan Eulogio y ocupa la plaza con una sonrisa de cabroncete en la boca del conductor. A Juan Eulogio le sale humo por las orejas. Detiene su coche en doble fila y espera a que los ocupantes del vehículo que le han vencido en buena lid salgan del coche y se pierdan en las pistas de la estación. Del coche bajan 4 pijos de diseño que repiten hasta la saciedad la expresión “o sea” y llevan más dinero en ropa que lo que vale el coche de Juan Eulogio.

El parking no es otra cosa que una pequeña explanada separada del precipicio por una pequeña vallita de madera que no sujetaría un coche. Juan Eulogio lo sabe y sabe también qué tiene que hacer. Por ello, cuando ya no hay testigos mete primera y junta su parachoques delantero con el parachoques trasero del BMW, al que su conductor, imprudente, no ha echado el freno de mano. Juan Eulogio acelera y comienza a ver cómo el BMW comienza a deslizarse peligrosamente hacia el borde del barranco. Juan Eulogio, poseído por el espíritu ruin del conductor de los madriles, sigue empujando al otro coche hasta que este se precipita ladera abajo con un estruendoso crujir de ramas a su paso. Sale del vehículo. Nadie en los alrededores. Entonces vuelve a colocar la precaria empalizada y aquí no ha pasado nada. En el interior del habitáculo nadie se atreve a decir esta boca es mía. Todos aguantan la respiración sorprendidos del despliegue de animalidad de Juan Eulogio. Finalmente, contagiados por su salvajismo, todos prorrumpen en una cerrada ovación cuando la tropelía queda definitivamente consumada.

Todos salen del coche como si no hubiera pasado nada. Elyónatan hace una bola de nieve y se la tira a Layesi en la cabeza. Comienzan a pelearse. Todo normal. Paquita ayuda a su madre  a llegar a la cafetería cercana, a pie de pista.

Juan Eulogio pisa un charco helado con sus botas Segarra de 12 euros del Carrefour y se da una hostia del ocho. Malamente empieza  su excursión por la sierra. El golpe que se acaba de dar en las costillas le impide respirar adecuadamente. Igual se ha partido alguna. Se retuerce de dolor comprendiendo además que se le acaba de joder el día de excursión.

La palabra Karma aflora a su mente y no sabe muy bien por qué.

¡Mierda de día! ¡Mierda de sierra de Madrid! ¡Mierda… de vida!

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8 respuestas a JUAN EULOGIO Y FAMILIA: LA SIERRA DE MADRID

  1. Jajajaja hoy Juan Eulogio se supera!!! Que Barbaridad de excursión a la sierra….

  2. cmacarro dijo:

    Por algún lado le tiene que explotar tanta ira contenida. ¡Pobre! Es un mezquino… adorable. Ja,ja,ja

  3. Aaaay… ¿La sierra de Madrid? ¡¡De Segovia!! No te lo voy a tener en cuenta porque me ha encantado ver la parte salvaje de Juan Eulogio.

  4. cmacarro dijo:

    Veeeeenga, la cara norte para Segovia y la cara sur para Madrid (Por lo menos En Navacerrada)
    Ja,ja,ja, Juan Eulogio esconde un Orco en su interior. Gracias

  5. Veronica dijo:

    Soy fan de la primera hora de Juan Eulogio. Por favor hazle pasar un buen día alguna vez, luego de que aflore su costado salvaje. 😀 😀 😀

  6. Nieves dijo:

    Jeje al menos se ha llevado una gran ovación, que bien merecida se la tiene por lo que aguanta el pobre… Va, yo le hago la ola 😀 Besos infernales.

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