UN MAL DÍA

UN MAL DÍA

Hay días en los que es mejor no levantarse de la cama.

Cuando los hados se han confabulado en contra de uno, cuando los espíritus maléficos pugnan por atormentarnos, cuando el demonio se empeña en tocarnos los perendengues… o cuando le retiras la mano a una gitana que se aleja de ti mascullando qué se yo qué improperios y lanzándote una maldición cañí que, por supuesto encaras con incredulidad y cierta dosis de descojone…

Entonces amigo… ¡Puedes darte por jodido!

Comprendo que a ti, que estás leyendo indiferente estas líneas, se te escape una sonrisa bobalicona y condescendiente a medida que tus ojos saltan incrédulos  de un renglón a otro. Y te entenderé también cuando pienses de mí, porque estoy seguro de que lo harás, que soy un pobre diablo, un alma cándida, ingenua y pusilánime.

En verdad te digo que harías mejor en quedarte con el contenido del mensaje y no con el continente, pero… ¡Tú mismo!

Vale. Asumiré este trato hipócritamente indulgente por tu parte amén de tu más que segura sorna y, escarmentado en mi propia cabeza que no en ajena, me limitaré a dar fe de cómo acontecieron los hechos.

¿Que no quieres tomarte en serio mi aviso?

Es problema tuyo…o quizás todavía no lo es…pero acabará siéndolo.

Lo creas o no el caso es que la cosa comenzó un viernes a primera hora. Para mí, que vivo en una ciudad dormitorio a treinta kilómetros de Madrid, a donde voy a trabajar en el Cercanías, primera hora es lo que se entiende normalmente por primera hora, sin medias tintas, es decir, alrededor de  las seis y media de la mañana.

Aunque estaba cansado del trajín de toda la semana (madrugones, viajes en tren, trabajo…) aquella mañana no me molestó en exceso escuchar las sandeces que a voz en grito profería el locutor matutino de la emisora que tenía sintonizada en mi radio despertador cuando en la quietud y el silencio de la madrugada el artefacto se puso en marcha ¡Por fin era viernes!

Me levanté en exceso optimista. Cantarín incluso. Pare ser sinceros, de cantar hube de desistir porque no eran aquellas horas de ponerse a pegar berridos en el silencio de la casa, con toda la familia, excepto yo, en el quinto sueño. Y sobre todo porque despertar a mi mujer, que seguía durmiendo ajena a mi particular subidón de adrenalina de los viernes, hubiera supuesto una acción de alto riesgo para mi integridad psicológica e incluso física.

Como todos los viernes, me vestí “casual” con mis vaqueros y mi polo de marca. Ya me fastidia tanta ñoñería pero ¿Qué quieres? En la oficina lo hace todo el mundo y tampoco soy de los que intentan destacar llevando la contraria a la mayoría, así que me limito a nadar a favor de la corriente. Y la corriente dice que los viernes hay que vestir de sport. Me tomé mi tiempo para desayunar en condiciones, tostada, café y zumo, y salí hacia la estación dispuesto a comerme el día y todo lo que éste quisiera depararme como guarnición. ¡Inocente de mí!

Por el concurrido Paseo de la estación, original nombre para la calle que termina en la susodicha, pululaban las sombrías caras de siempre, madrugadores aunque amargados zombis que arrastraban los pies sin ánimo para nada, con el único anhelo de volver a arrastrarlos unas horas después, esta vez en sentido contrario.

Observando la triste escena me quedé con las ganas de gritarle a más de uno:

  • ¡Pero pedazo de muermo. Alegra esa cara, que es viernes!

Lógica y prudentemente opté por reprimirme con tal de evitar innecesarias confrontaciones que para nada me apetecían tal como tenía el estado de ánimo en esos momentos.

La gente cuando duerme poco o mal se gasta toneladas y toneladas de mala leche y yo estaba excitado, pero no soy gilipollas.

  • Pues vosotros os lo perdéis –dije para mí en voz muy bajita como entonando una breve plegaria-

Una señora con la que me crucé en aquel momento se me quedó mirando fijamente al verme hablar solo, pero supuse que supuso que debía estar  hablando por el móvil con el manos libres y en seguida perdí el interés para ella.

Por fin, pletórico de confianza en mí mismo, alegre, dicharachero y eufórico bajo el embrujo del viernes, me planté ante el portalón, permanentemente abierto como un seven eleven, que daba acceso al hall de la estación de la ciudad donde vivo, en la periferia de Madrid, y cuyo nombre no viene ahora al caso. Un incesante trasiego de viajeros, la mayoría de salida, como es de lógica en una ciudad dormitorio como la mía, abarrotaba las taquillas y los tornos que permitían el paso al andén.

Entonces la vi.

Me extrañó, por lo inusual de la estampa, ver a una gitana en la puerta de la estación intentando vender ramitas de romero o leerle la mano a todo el personal que pretendía entrar en el edificio a esa hora tan intempestiva y desacostumbrada. Ciertamente no eran las horas habituales a las que uno espera encontrarse tal escena, más propia de media mañana o incluso de la tarde en lugares de gran aglomeración. Pero indudablemente allí estaba ella, oronda y no muy acicalada, avasallando ora a uno, ora a otro de los adormecidos viajeros que accedían en aquel momento a la estación.

Como no estaba dispuesto a que me amargaran la mañana con cansinos acosos pseudopremonitorios, aproveché que entraba un grupo de chicos y chicas jóvenes, que por los atuendos y las mochilas que portaban supuse estudiantes de la Complutense o de la Autónoma en Madrid de camino a sus clases y me camuflé entre ellos intentado salvar el desagradable obstáculo que se interponía entre nosotros y el cercanías, con el propósito de pasar lo más desapercibido posible ¡Iluso de mí!

No sé si fue por mi cara de lelo o por qué otra oscura razón, que ya no pongo en duda nada, pero no pasé inadvertido para la sagaz adivinadora calé. Cuando ya estaba casi a punto de cruzar la puerta y me las prometía muy felices creyéndome  a salvo  de sus garras sentí un fuerte tirón de mi polo a mi espalda que me hizo detenerme casi en seco.

  • ¡Pero qué haces, so burra! – le espeté feroz trocando el buen humor que hasta el momento había derrochado por una mueca desagradable y avinagrada- ¡que me rompes la ropa!

La buena señora, acostumbrada, sin duda, a las malas contestaciones de la gente, ni se inmutó con mi reacción y con voz entre amenazante y lastimera me dijo:

  • ¡Várgame er desaborío der payo! Si sólo traigo la buena suelte pa ti y pa los tuyo ¿Será desagradecío?

Por un instante la mujer clavó su negra mirada en mis ojos, lo cual, no sé muy bien por qué, me desarmó por completo.

De repente sentí un fuerte cargo de conciencia por haberla tratado tan abruptamente  pues la buena mujer intentaba ganarse el pan. A su manera, eso sí, pero la realidad es que no había tanta diferencia con lo que yo mismo estaba haciendo en ese momento, que era acudir a mi oficina en Madrid para ganarme el jornal con el que mantener a mi familia.

Primer error garrafal por mi parte porque por un instante me mostré vulnerable ante el enemigo que, acto seguido, consciente de su ventaja estratégica, cargó con toda la caballería contra mí.

  • ¡Ay! Traime la mano payo, que te vi a dicil la buenaventura.

Como viera la cíngara que mi intención no era otra que zafarme de ella, creyéndome prisionero de su verborrea siguió largando su cantinela de buena fortuna, matrimonio feliz, innumerables y guapos hijos y éxito en la vida. Todo esto lo hacía sujetándome fuertemente la mano intentando compensar los cada vez más violentos tirones que yo daba de mi propio brazo.

Ya me encontraba yo un poquito cansado y tenso por tanta retahíla y, decidido a zanjar el asunto por las bravas si era preciso, le di un grito que resonó en todo el hall e hizo volver las cabezas a todos los que en ese momento estaban allí, que inquisidores, o simplemente cotillas, husmeaban el origen de tal escándalo. Al tiempo que retiraba enérgicamente mi mano de aquella mujer con la otra empujé su hombro hacia atrás haciéndola trastabillar hasta casi caerse de culo en el suelo mientras esparcía a su alrededor todas las ramitas de romero que había llevado hasta entonces en la mano.

Ese fue mi segundo y garrafal error de la mañana.

Nunca olvidaré aquel rosto iracundo, los ojos casi cerrados, el ceño fruncido y la boca abierta por la sorpresa de mi acto. El ajetreo de la estación con gente saliendo y entrando de la misma había cesado por completo y se había hecho el más sepulcral de los silencios en torno nuestro.

Por fin, con una voz chillona y colérica que se clavó inmisericorde en mi cerebro estalló en gritos salvajes y desgarradores salpicándome la cara de perdigones:

  • Tú lo has quirío, payo malage. Pero acuéldate de lo que te digo. De ahora hasta c´acabe el día la mala follá t´a atrapao y no te dejara ni un segundo. To lo que quieras hacel se ti ha de torcel. Toa la mala suerte del mundo será pa ti ¡Por estas! – El último juramento lo hizo llevándose a los labios el dedo pulgar y el índice cruzados.
  • ¡Anda y vete a tomar por culo! –fue lo único que acerté a contestarle, desairado y categórico, dirigiéndome a grandes pasos hacia uno de los tornos-

Tercer y definitivo garrafal error.

Con la parafernalia de la irritable bohemia había perdido ya diez minutos muy valiosos que me iba a tocar recuperar a la carrera si quería llegar a tiempo al trabajo.

  • ¡En fin!-me dije resoplando ostensiblemente para recuperar el sosiego-Aquí no ha pasado nada.

Y seguí mi camino. O al menos lo intenté.

Saqué del bolsillo mi billete de diez viajes y lo introduje en la ranura de la máquina para que me abriera el paso.

Un aspa roja se iluminó en la pantallita del artilugio. A pesar de ello, como cada día empujé la barra del torno hacia adelante pero esta no cedió. ¡Mierda! ¿Cómo podía ser? Había comprado el billete el día anterior, había hecho un viaje de ida a Madrid y el correspondiente de vuelta, me quedaban por tanto ocho viajes y aquello no funcionaba. Poco a poco los nervios iban invadiéndome. Saqué el bono de la máquina y lo volví a introducir de todas las maneras posibles pero el resultado era siempre el mismo. A través de la cristalera vi que mi tren llegaba al andén y acto seguido partía dejándome en tierra. La cola que se había formado tras de mí comenzaba a ser importante y sobre todo quejumbrosa.

No me quedó más remedio que, billete en mano, dirigirme a una de las taquillas donde un malhumorado vendedor leía el Marca sin percatarse de mi presencia.

  • Por favor- le dije lo más amablemente que pude, que no fue mucho- ¿Puede comprobar este bono de diez viajes? La máquina no me lo reconoce y le quedan ocho.

Al cabo de un tiempo que me pareció interminable, el taquillero enarcó una ceja y levantó un ojo mirándome.

  • ¡Dígame! ¿Para dónde quiere el ticket?
  • Mire. Lo que le digo es que este billete no funciona…
  • Traiga ande- me escupió con la desconfianza y el desdén del que cree que ha cazado a un tramposo-

A través del cajetín de seguridad tomó mi billete y lo introdujo en algo que se me antojó un lector portátil. Un segundo y el señor me lo devolvió indolente.

  • Este billete está agotado. Si no va a comprar otro haga el favor de apartarse. A ver ¡Siguiente!
  • Pero oiga, ¿Cómo va a estar agotado si lo compré ayer y sólo he hecho dos viajes?-

Mi ira iba en aumento a la par que mi incredulidad por lo que me estaba ocurriendo..

  • A-go-ta-do – me dijo recalcando cada sílaba. ¡Que pase el siguiente!
  • Mi billete es nuevo –le dije levantando exageradamente la voz y volviendo a convertirme en el centro de atención del hall de la estación- ¡Haga el puñetero favor de volver a comprobarlo!

El taquillero para agilizar la fila cedió a mis exigencias aunque de muy mala gana y volvió a efectuar la comprobación pertinente.

  • Caballero, este billete está agotado. No moleste más.
  • ¡Quiero hablar con su superior! – le volví a gritar perdiendo totalmente los estribos- ¡Llame a su jefe pero ya!
  • ¿Hay algún problema?

Quien así se dirigía a mí era un gorila vestido de guardia jurado, en cuya cara en seguida adiviné muy poquita paciencia, que me apartó de la fila como a un pelele agarrándome del brazo. A pesar de tan brusco y maleducado gesto contuve un exabrupto que hubiera empeorado las cosas y logré explicarle lo que me había sucedido no sin dejar translucir mi lógica indignación.

  • ¿Me deja ver el billete?
  • Claro – le dije mostrándoselo.

Tras unos momentos analizando el trocito de cartón concienzudamente el guarda jurado me alargó el mismo diciéndome:

  • ¿Dice usted que lo compró ayer? Este billete tiene fecha de la semana pasada, señor.

Supongo que debí poner cara de bobo porque, efectivamente, cuando comprobé la fecha me di cuenta de que aquel no era el billete que había comprado el día anterior. Con seguridad me había dejado el bueno en la camisa que había echado a lavar tras la ducha.

En aquel momento deseé que el suelo se abriera para tragarme y poder obviar la vergüenza que me invadía. Con voz sumisa y la cara completamente colorada le pedí disculpas así como al taquillero, quien a duras penas reprimía una sonrisa hiriente, y compré un sencillo de ida y vuelta al apeadero de la estación de Atocha. Todo mi afán era desaparecer de la escena del crimen lo más rápido posible.

Por mi mente cruzó fugaz la imagen de la adivina mirándome con sus ojos negros.

Con el nuevo billete accedí en seguida a los andenes y crucé la vía hasta el número dos, que era por donde debía llegar el tren que me llevara a mi destino. Allí me dispuse a esperar no más de cinco minutos que era el intervalo con el que en hora punta habitualmente llegaban los trenes que se dirigían a la gran ciudad.

Los minutos iban trascurriendo lentamente y mi convoy no llegaba. Era extraño, desde luego. Cinco minutos y nada. Miré el reloj colgado del tejadillo del andén y lo comparé con el mío de pulsera. Ambos marcaban la misma hora.

Pasados diez minutos el andén ya rebosaba de viajeros nerviosos y alterados por la tardanza del tren.

Quince minutos. La tensión se palpaba en cada centímetro cuadrado de aquel apeadero.

A los veinte minutos los altavoces de la estación carraspearon un segundo antes de lanzar el anuncio de que por una avería en la catenaria todos los trenes con destino a Madrid sufrirían un retraso de al menos media hora.

Los murmullos de los viajeros se convirtieron entonces en manifestaciones abiertas de ira y cabreo.

Yo permanecía absorto entre el gentío con las palabras de la gitana martilleándome en la cabeza. ¿Sería todo aquello consecuencia de la maldición que me acababa de echar la buena señora?

  • Gilipolleces- me dije agitando la cabeza para espantar tan nefastos pensamientos-

A la media hora, tal y como se había anunciado por la megafonía vi a lo lejos una titilante luz que se acercaba por mi vía. Respiré aliviado. ¡Por fin llegaba el tren!

Detenerse, abrir las puertas y empezar a entrar gente que se comprimía contra las paredes interiores de los vagones fue todo uno.

Conseguí subir a duras penas y me coloqué, más bien me colocaron, entre dos ucranianos de casi dos metros de alto y lo mismo de anchos, o al menos eso fue lo que me pareció. No le di excesiva importancia porque en lo que realmente estaba concentrado era en el sencillo aunque imprescindible acto de respirar, cosa harto complicada en aquellas circunstancias.

Agradecí al cielo que los dos escandalosos interlocutores se bajaran un par de estaciones más adelante porque  la cabeza estaba ya a punto de estallarme entre la falta de oxígeno y la conversación a voz en grito que mantenían ambos en su sonora lengua natal.

Pero por mor de la física el volumen que antes ocupaba un cuerpo o, en este caso, dos y bien grandes se llenó con más viajeros que subían al vagón en todas las estaciones en las que el tren paraba, más que nada por cumplir el programa publicitado, que no porque cupieran más personas en su interior, cosa que era humanamente imposible ya.

Justo a mi lado se colocó un señor que en seguida se agarró a la barra del techo para no caerse. Cuando lo vi casi me muero de la risa. ¿Caerse? ¿Dónde? ¡Si no había sitio! Pero al hombre le debía hacer ilusión la innecesaria maniobra y así procedió.

  • La raza humana es a veces extraña –recuerdo que pensé en aquel momento-

Pero mis cavilaciones metafísicas duraron justo lo que los efluvios del alerón de aquel…ser tardaron en invadir mi pituitaria ¡Dios mío misericordioso! ¡Cómo olía aquello! ¿Cómo podía ser posible que semejante hedor pudiera desprenderse de un ser humano? Ese hombre tenía un grave problema de salud, sin duda. ¡O era un guarro redomado y licenciado cum laude!

A los dos minutos de ser atacado por aquella especie de gas mostaza mis ojos se pusieron en blanco y mis piernas flaquearon ostensiblemente. Coincidió entonces que la señora que estaba detrás de mí se apartó para apearse del vagón y yo, totalmente noqueado me caí hacia el hueco que ella había dejado . Definitivamente me iba al suelo. Incluso en aquella imposible situación yo me caía.

Un momento antes de precipitarme hacia atrás mis ojos vislumbraron fugazmente un asidero que a pesar de mis dormidos reflejos pude agarrar con una mano para evitar el golpe.

El golpe contra el suelo lo evité, sí, pero lo que no pude evitar fue el que me di contra una de las barras verticales al dar el convoy un frenazo brusco como consecuencia de la activación del freno de emergencia, cosa que había ocurrido tras tirar yo del asa del mismo en mi intento por no caer.

Con el costado dolorido soporté el abucheo que todo el vagón me dedicó cuando se acabó descubriendo que yo había sido el causante de aquel involuntario desaguisado y de un nuevo retraso en el viaje.

De nada me sirvió explicar al revisor qué era lo que había ocurrido ya que, acompañado por dos guardas de seguridad me bajaron del tren en la siguiente estación y me entregaron a la policía nacional que a la sazón, avisados por el revisor, ya estaban allí esperándome.

Tal era la premura con la que pretendían sacarme del vagón que de un empujón me desequilibraron hasta el punto de hacerme caer  desde el inicio de la escalerilla hasta dar de plano con la cara en el suelo del andén, rompiéndome un par de incisivos.

  • ¡Pero qué hija de la gran puta la bruja!- Grité cuando pude incorporarme con toda la boca ensangrentada sin que nadie comprendiera a qué me estaba refiriendo-.
  • Documentación.- Fue la escueta respuesta de los policías-

Bastante alicaído ya en aquellos momentos eché mano al bolsillo de atrás de mi pantalón para sacar la cartera. De repente rompí a reír a carcajada limpia ante la cara de pocos amigos de los dos agentes que con seguridad habían interpretado mi risa histérica como una mofa de la autoridad.

  • No la tengo. Me la acaban de robar en ese maldito tren.

Aquel último suceso dio al traste con las pocas ganas que tenía ya de viernes ni de fiestas ni de sport ni de la madre que lo parió a todo.

Dos horas me tocó estar en la comisaría intentando explicar qué era lo que me había ocurrido, además de justificarme por activa y por pasiva ante los policías intentando convencerles de que no me había reído de ellos ni nada que se le pareciera.

En un receso en aquel surrealista interrogatorio recibí una llamada en el móvil. Sin atreverme a contestar por miedo a molestar a los agentes les pedí permiso con un gesto para sacar el teléfono del bolsillo. Accedieron y respondí.

  • ¿Ramírez? – Reconocí la voz de mi jefe al otro lado- Le esperábamos hace tres horas en su puesto de trabajo para comunicarle una decisión importante que hemos tomado con respecto a usted. Pero ya no hace falta que se dé prisa en venir. ¡Está usted despedido!

En el asiento del copiloto del coche de mi mujer, que tuvo que ir a recogerme a la comisaría respondiendo por mí y abonando la correspondiente sanción, meditaba sobre todo lo sucedido incapaz de explicarme el origen de tanta mala suerte como se había cebado conmigo aquella mañana. Pero no hacía más que engañarme a mí mismo. Conocía de sobra la razón.

Mi mujer no dejaba de mirarme con cara de besugo al horno haciéndose quizás las mismas preguntas que yo y desviando imprudentemente la atención sobre la carretera.

Tan ensimismada estaba que no se percató de que nos acercábamos peligrosamente por detrás a un camión de cerdos que circulaba anormalmente despacio por la autovía. De nada sirvieron mis gritos para prevenirla.

Nos empotramos contra él.  Mi último recuerdo de aquello fue la imagen de un gorrino dentro de nuestro coche mordisqueándome las orejas.

Mi esposa salió ilesa del accidente pero yo… yo… aquí estoy en el hospital con los brazos y las piernas escayolados, cinco costillas rotas o contusionadas y un derrame interno en un pulmón.

Hasta aquí, punto por punto, los hechos.

En este momento quizás te estés preguntando si ha valido la pena el alto precio pagado por esta exigua enseñanza.

Sinceramente, no lo sé. Desde luego si hubiera tenido oportunidad jamás lo hubiera elegido.

Una de las primeras cosas que tengo en mente es que pienso buscar un trabajo a donde pueda acudir en cualquier medio de locomoción que no sea el tren. Llámame obtuso, negado o irracional pero es que siento un más que justificado recelo a este medio de transporte.

Pero lo que me ha quedado meridianamente claro para los restos y espero que a ti, que has conseguido llegar al final del relato, te haya ocurrido lo mismo, es que si se presenta la ocasión, si alguna vez me topo con una gitana que insista en leerme la mano, en lugar de tomármelo a guasa o despedirla con cajas destempladas, lo único que oirá de esta boquita mía que ahora se muestra huérfana de algunos dientes será:

  • ¿Qué mano quiere, la izquierda o la derecha?

Y es que hay días en los que es mejor no levantarse de la cama.

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11 respuestas a UN MAL DÍA

  1. bypils dijo:

    Espero, querido Cándido, que todo esto sea producto de tu maravillosa imaginación … Dime que sí, por favor.
    Besos!

  2. cmacarro dijo:

    Más que maravillosa, enfermiza, pero sí. Ya sabes que intento beber en las fuentes pero si no las encuentro me voy a beber al barril de Mahou y me inspiro.
    Gracias

  3. Nieves dijo:

    ¿A quien se le ocurre alma de cántaro? jajajaja Todo el mundo sabe que el romero se ha de comprar si o si. Bien parado has salido ya te lo digo yo (Bueno, tu o tu imaginación que es lo mismo) Besos infernales.

  4. Ay Payo!! Si es que ir al curro en la Renfe es jodido!!. 🙂

    Un abrazo.

  5. Angelika BC dijo:

    Yo hay días que me cago como mi querida diabla de los avernos en la pus divina, pero en mi caso es por haber elegido el calcetín equivocado y haberlo puesto en el pie que no es, que yo todo lo veo desde un punto de vista científico. Pero con las gitanas he desarrollado un método porque debo tener cara de gilipollas que me vienen todas a mi. Te cuento, las coges la mano y miras la palma y con una sonrisa de oreja a oreja de las que duelen les dices : “lo mismo que me desees tu a mi te lo deseo yo a ti”. Funciona. Por cierto, ¿a ti no han intentado venderte un trozo de boj cortado de un seto cercano en vez de romero?
    ¡¡¡Besitos!!! 😀

  6. cmacarro dijo:

    Ja,ja,ja ¡Buena técnica disuasoria la de coger la mano!
    La verdad es que yo les huyo más que por la mala suerte que puedan o no acarrrearme, por lo pesadas que se ponen.

  7. colorinesladesiempremasomenos dijo:

    Oye mi An,¿de verdad haces eso?y con las señoras estás de los ajos qué haces?joder Cándido vaya susto ,me estaba empezando ha preguntar como estabas escribiendo esto y si en el hospital hay wifi..Nieves yo paso de las ramitas ,además ,si no llevas nineros?o

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