LA SOFISTICACIÓN EN LA COPA DE CÓCTEL

Este relato lo presenté al concurso Do not disturb que organiza el Hotel Montíboli, de Villajoyosa (Alicante). Tuve la suerte de que lo eligieran como finalista y fue publicado en un exquisito librito recopilatorio. Desde aquí quiero dar las gracias al Hotel Montíboli.

 

 

El pitido electrónico del moderno ascensor anunció su llegada a la planta baja del hotel apenas un par de segundos antes de que sus puertas de acero bruñido comenzaran a abrirse.

Como la perla que muestra la ostra cuando se entreabre, sólo en contadas ocasiones, allí estaba ella, de pié, espectacular, con un ajustado y mínimo vestido de licra negro sin mangas, cabello moreno recortado a media melena pero dejando asomar parte de una nuca interminable. Con unos ojos azules que competían en intensidad  con el azul del mar que se contemplaba desde el ventanal, apareció Marlene, sofisticada y elegante. Los labios rojos y carnosos resaltaban en su blanco rostro. Su silueta, sensualmente remarcada en cada curva de su cuerpo a través de la delicada tela del vestido,  continuaba bien delimitada una vez cruzada la línea de su minifalda a lo largo de las tersas y contoneadas piernas que terminaban en unas sandalias de vertiginoso tacón, dejando al aire unos pies pequeños y delicados con una sencilla tobillera de oro como único adorno en su pálida piel.

Salió del ascensor despacio, consciente de ser el foco de todas las miradas masculinas de la sala,  con una cadencia sensual inocentemente provocativa, plantando con aplomo sus finos tacones en la impoluta y mullida moqueta de la recepción del hotel, que cruzó en diagonal hasta llegar a la puerta del bar que se abría en un extremo del gran salón donde se encontraba la recepción. Al empleado de la recepción se le cayeron al suelo unas llaves que estaba a punto de entregar a un nuevo cliente, que, por cierto ni siquiera se dio cuenta.

Allí se detuvo escudriñando una por una todas las mesas del bar. En su mirada, se adivinaba un punto de ansiedad a medida que iba posando la vista en todos y cada uno de los hombres que allí se encontraban. Hasta que, por fin, parcialmente oculto tras una de las columnas,  le vio. Un brillo fugaz iluminó sus ya iluminados ojos cuando, entró en el salón y pudo contemplarle en su totalidad.

Ajeno y distraído, jugueteando con el dedo índice en el borde azucarado de su copa de cóctel expertamente engalanada por el barman, se encontraba él.

Abundante cabellera negra salpicada, sobre todo en las sienes, de unos mechones de canas que le proporcionaban un sugerente y encantador aspecto. Ojos marrones, grandes, profundos y expresivos en un rostro bronceado surcado de alguna que otra arruga, que le daban un toque sofisticadamente rudo. Una nariz respingona y labios gruesos en una boca de la que quitaba descuidadamente los restos de azúcar de la copa con la punta de la lengua, lentamente, con dedicación. El torso se adivinaba increíblemente duro bajo los suaves pliegues de su sencilla camisa blanca de manga larga.

 Marlene tensó involuntariamente sus senos bajo la fina tela del vestido y sus pezones  se marcaron duramente y por un instante mientras contemplaba la escena.

–       Hola Juan – le saludó súbitamente con voz trémula y un ligero acento francés.

Juan, absorto, se sobresaltó con el inesperado saludo y dio un pequeño respingo en su asiento que le descolocó el flequillo. Mientras se lo colocaba con la mano no pudo evitar mirar a Marlene de arriba abajo con una pasmosa lentitud producto de la admiración más que del descaro.

–       ¡ Marlene ¡  Realmente estaba convencido de que no acudirías a la cita.- dijo Juan sin poder quitarle la vista de encima – ¡ Dios ¡ Eres, realmente una diosa.

Marlene sonrió complacida.

Recién divorciada tras quince años de matrimonio en Francia Marlene se había decantado por unas vacaciones sola en España para intentar impregnarse de la alegría de vivir que destilaba este país. No buscaba nada más que poner un punto y seguido en su vida, pero aquella mañana, en la playa del hotel, había conocido accidentalmente a Juan y algo le había atraído de él irracionalmente. Juan era encofrador. La marca de su moreno sólo le llegaba poco más abajo del cuello y a mitad de los brazos. Había enviudado hacía algunos años y siempre se reservaba una semana  al año en aquel hotel de Villajoyosa, frente al mar. No acababa de entender por qué pero resultaba muy atractivo, sobre todo a las extranjeras.

–       Juan – respondió – desde esta mañana contaba los minutos para volver a verte.

Juan le ofreció asiento en frente y un camarero acudió raudo para tomarle nota.

–       ¿ Quiere la señora la carta de cócteles ?

–       No es necesario.Tomaré el mismo que el señor, si es tan amable.

El camarero se acercó a la barra y con voz ahuecada gritó :

–       Un Don Simón blanco con hielo y un pequeño golpe de sifón. Mezclado. No agitado. Con una aceituna dentro. En copa de cóctel.

–        Maaaarchando mesa sieeeeete. Respondió una voz desde detrás de la barra.

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